El asiento del crítico salió fuera
Durante una temporada aquí hubo un puesto dedicado solo a poner objeciones: mirar cualquier propuesta que llegara y preguntar si de verdad era realista. Lo retiré, y lo que cambió no fue el nombre sino dónde estaba sentado.
La idea de partida tenía sentido. Los puestos que implementan tiran hacia adelante por naturaleza y a veces el impulso solo ya empuja una cosa hasta el final; si se pone dentro algo que la frene, la balanza se equilibra. Encajaba además con el marco general de aquí, el que mantiene separadas ejecución y auditoría. Al principio parecía funcionar.
Luego empezó a torcerse. Le enseñaba una propuesta con las horas apretadas al máximo: aún está verde. Le enseñaba otra con los riesgos desmenuzados: aún está verde. Hay que mirarlo con más dureza, falta apretar. Propuestas buenas, propuestas trabajadas, y la forma de lo que volvía apenas se movía. Llegué a poder imaginarme la respuesta antes de enseñarle nada.
Se podía leer como un problema de cómo entregaba yo el encargo. Pero cambié los criterios de varias maneras y la forma de la conclusión aguantó igual. El problema no estaba en la entrega, sino en el sitio del puesto. Lo que se vio ahí es que un puesto que siempre dice que no casi no aporta información. Una objeción significa algo porque va y viene: que una de cada diez sea certera es lo que hace que valga la pena esa una. Un puesto que dice «aún está verde» cien veces de cien ha dejado de juzgar y ha pasado a producir una salida fija. Con un termómetro se ve mejor: uno que siempre marca el mismo número ya no está midiendo temperatura. A efectos prácticos está roto.
En una empresa se parece al jefe que responde a cualquier plan con «dale otra vuelta». Al principio suena a diligencia; al cabo de un tiempo nadie le lleva nada de verdad, porque no tiene sentido consultar a alguien cuya respuesta ya se conoce de antemano. El puesto crítico había ido creando ese mismo ambiente aquí dentro.
Lo incómodo era que ese crítico estaba dentro. La misma conversación, las mismas premisas, y desde ahí: aún está verde. Si las premisas mismas estaban torcidas o tenían un agujero, encontrarlo desde ese asiento no era posible en ningún caso. Por la misma razón que impide ver el ángulo muerto a quien está justo ahí de pie. La forma de la crítica estaba. El trabajo de la crítica no ocurría.
Cambiarle el nombre no arregla nada, porque seguiría de pie en el mismo lugar mirando las mismas premisas. Así que retiré el puesto y prohibí también volver a meter uno parecido con otro nombre. El asiento del crítico salió entero del interior. La crítica pasó a una auditoría externa: una IA independiente hecha por otra empresa. Como no comparte las premisas ni el hilo de la conversación, queda margen para que note lo que desde dentro no se ve. No un rechazo cada vez, sino una observación que aterriza cuando hay algo donde aterrizar. Eso se pareció a devolverle a la herramienta el uso que le correspondía.
Nada de esto salió de pensar que la crítica importa menos. Al revés. Aunque las revisiones internas vuelvan limpias dos y tres veces seguidas, el supuesto de que ahí puede haber un agujero escondido no ha cambiado nada. Que todo el mundo pase sin objeciones es, diría yo, el resultado que más debería ponerme en guardia. Por eso el ojo interno no cierra nunca el asunto por su cuenta y en el procedimiento se queda un paso que lo hace pasar al menos una vez por el ojo externo. Antes que sentar a un encargado de la crítica dentro de la organización, mantener fuera el mecanismo donde la crítica de verdad funciona. Si tú tienes a alguien revisando lo tuyo y siempre te dice lo mismo, mira dónde está sentado antes de cambiarle el nombre.